A su corta edad, Joselín no sabe aún cómo va a hacer para mantener al hijo que lleva dentro de sí, y que en tan sólo tres meses traerá a este mundo. Su mirada perdida y su inocente rostro de niña delatan tristeza y temor. Pero ella no es la única en esta situación, en los pasillos de La Casa de la Mujer vemos a decenas de jovencitas que acuden diariamente a su chequeo prenatal, y todas ellas tienen algo en común, ninguna llega a los 20 años de edad y todas son madres por obligación y no por decisión.
El cuerpo cansado por el peso de su abdomen, ya de seis meses de gestación, y sus pies hinchados dificultan su caminar hacia el cuarto frío donde le tomarán los datos para hacerle el eco que revelará el sexo del bebé. Confiesa que desea que sea una niña, aunque lo que más le preocupa es su salud, que esté sana.
Mientras espera su turno sentada junto a un grupo de jovencitas, murmura entre dientes que no ha desayunado aún, pues en la casa donde está viviendo temporalmente la comida no alcanza; sin embargo, alza su mirada y deja de pensar en el hambre para imaginar cómo será su hijo.
La protagonista de esta historia sólo es parte de una estadística que apunta, según cifras de la Organización de Naciones Unidas, ONU, que Venezuela es el primer país sudamericano con más embarazos precoces. Actualmente en el mundo hay más de cien millones de jóvenes embarazadas y un poco más de la mitad tiene entre 15 y 19 años. Mientras que en los países en desarrollo la proporción de este grupo tiende a ser elevada, como en Venezuela, que se calcula que la población de adolescentes embarazadas de 10 a 19 años constituye el 22 por ciento de la población actual.
En lo que respecta a Ciudad Guayana, La Casa de la Mujer ha registrado durante el primer semestre de este año, de enero a junio, 51 casos de adolescentes embarazadas, siendo la edad más frecuente entre los 16 y 17 años.
El embarazo en jóvenes, en general, es un evento inesperado, sorpresivo y en la mayoría de los casos no deseado; situación que aunque cambia con el proceso de gestación, mantiene proporciones elevadas hacia el final del embarazo.
Causas del embarazo precoz
Las causas del embarazo en adolescentes están básicamente determinadas por los factores socioculturales. En sectores amplios de la sociedad venezolana, por ejemplo, en la población rural y marginal urbana donde el embarazo temprano es más frecuente, la maternidad forma parte indisoluble de las vidas de las mujeres.
Para la psicóloga Carmen Alicia Jiménez, directora de La Casa de la Mujer, una de las principales causas del embarazo en niñas y adolescentes es la carencia de información sexual en las escuelas y en el hogar. Ella señala que la formación sexual es de suma importancia, sobre todo, el diálogo entre hijos y padres. La falta de información sexual lleva a que las chicas busquen esa información entre las mismas amigas y compañeros, lo que contribuye a incrementar el problema, porque la mayoría de esta información es errada.
Otra de las causas que conduce a un temprano despertar es la curiosidad por saber qué es el sexo. Esto, sumado al desconocimiento del cuerpo, especialmente del aparato reproductor, y la falta de información sobre el uso de anticonceptivos y la presión social, son los principales factores que llevan a una niña a tener un embarazo no deseado, según la especialista.
La pérdida de los valores familiares es otra causa que merece la pena destacar, pues esta realidad impulsa a las adolescentes a buscar refugio, afecto y amor en el sexo contrario, ya que en muchos casos las jóvenes tienen relaciones porque sus parejas las han presionado.
Un testimonio de la triste realidad
A Joselín le cuesta hablar de su embarazo. A cada instante baja la mirada y sus manos sudorosas se ocultan bajo una bata desgastada y sucia. Pero para ella, el haber quedado embarazada responde a otros factores. Nos cuenta que sabía qué eran y cómo se usaban los distintos métodos de control natal, sin embargo no los usó porque no poseía el dinero para comprarlos y su pareja, un joven de 24 años, con posibilidades de comprar preservativos no los usaba porque no le gustaban.
La chica cuenta que el padre del bebé desapareció apenas se enteró que ella estaba embarazada. Es un hombre casado y no quiere que la mujer sepa nada, replica con rabia la niña. Pero esta no es la única consecuencia de este embarazo no deseado. Su familia, al conocer la noticia, también le dio la espalda. Joselín viene de un hogar evangélico y según cuenta, su madre no quiere en casa muchachas inmorales y descarriadas.
Al igual que esta niña, otras tantas que acuden diariamente a La Casa de la Mujer se sienten solas y desprotegidas, por ello esta institución ofrece un servicio de obstetricia que funciona de lunes a viernes, de 7:00 am a 5:00 pm, por un monto de 15.000 bolívares.
Consecuencias
Una de las principales consecuencias de un embarazo precoz, explica la psicóloga Jiménez, son los desórdenes psicológicos que se expresan a través, por ejemplo, del miedo y la sensación de ignorancia que suele acompañar a la adolescente durante su embarazo y al momento del parto.
Cuando las niñas quedan embarazadas, -explica- su identidad como mujer y como madre es imprecisa, teniendo de hecho un rol social de carácter ambiguo, pues debe enfrentar tareas de adulto, mientras aún no ha resuelto los conflictos propios de su edad.
Por otro lado, ya en el seno familiar, la adolescente embarazada por lo general enfrenta una situación inicial de rechazo, que influye directamente y hasta induce un sentimiento de rechazo de la joven madre hacia su bebé, lo cual, obviamente, afecta la relación que ella va a establecer con su hijo, aún mucho antes de su nacimiento.
Si por alguna circunstancia se consolida un matrimonio producto del embarazo, la adolescente va a vivir a la casa de sus padres o suegros, y tal circunstancia requiere de una gran exigencia adaptativa, por no tener un espacio propio para desarrollar su vínculo afectivo y su intimidad con la pareja, que de hecho debe adaptarse al embarazo y a la convivencia con otros familiares, señala la psicóloga.
Por otro lado, la mayoría de las madres no terminan sus estudios y se quedan sumergidas en un estado de dependencia económica, por no saber, en muchos casos, realizar un oficio que le proporcione el dinero suficiente para valerse por sí misma.
Cuando la mujer es demasiado joven, el embarazo deseado o no deseado puede ser peligroso para la madre y el niño. El aborto y las complicaciones en el parto están entre las causas principales de mortalidad de las mujeres menores de 20 años de edad. Incluso en condiciones óptimas, las jóvenes madres, especialmente las que tienen menos de 17 años, tienen mayor probabilidad que las mujeres de alrededor de 20 años de sufrir complicaciones relacionadas con el embarazo y de morir en el parto. El riesgo de muerte puede ser dos a cuatro veces mayor, según el estado de salud y la situación socioeconómica de la mujer.
El embarazo antes de los 20 años también presenta riesgos al bebé de la joven. Los datos de las Encuestas Demográficas y de Salud y de otros estudios muestran que las tasas de mortalidad y morbilidad son más altas entre los bebés de madres jóvenes. Éstas, especialmente las que tienen menos de 15 años, exhiben tasas más altas de trabajo de parto prematuro, aborto espontáneo, muerte prenatal y bajo peso al nacer. Para el lactante que sobrevive, el mayor riesgo de mortalidad persiste durante toda la primera infancia.
Cómo combatir el embarazo precoz
Actualmente, La Casa de la Mujer y el Distrito Sanitario II llevan a cabo programas de prevención del embarazo en adolescentes, realizando charlas en diferentes colegios, liceos e institutos educativos de la zona, con el fin de informar cómo se puede prevenir un embarazo.
Asimismo, los diversos centros educativos han incluido entre sus programas la formación sexual, desde el sexto grado; sin embargo, pareciera que esto no basta, pues las cifras en Venezuela siguen en aumento. Por eso se hace indispensable llevar ese mensaje no sólo a las mujeres, quienes siempre han sido el blanco de las campañas de prevención de embarazo, sino a los jóvenes en general y al hombre en particular, para que asuma una paternidad y sexualidad más responsable.
La sociedad no puede seguir delegando toda la responsabilidad de la crianza de los hijos a la mujer; se hace necesario la presencia del hombre. Esa actitud pasiva y apática del hombre que simplemente huye al conocer que su pareja está embarazada debe acabar, y en la medida en que hombres y mujeres asuman con responsabilidad su sexualidad, en esa mediada existirán menos niños no deseados en el mundo.
Nueve meses de espera
A Joselín sólo le faltan tres meses para ser madre. Por los momentos vive con una amiga en el sector El Triunfo y todavía no sabe qué va a ser de ella y de su bebé. Sólo quiere que sea una niña sana y que el día de mañana no cometa los mismos errores que ella. Su vida nunca será igual, tal vez jamás culmine sus estudios y sus sueños de salir del barrio no se cumplan; pero lo que sí es seguro es que de aquí en adelante será para siempre madre.
http://www.nuevaprensa.com.ve/ver_art.php?cod=19929
Saludos Cordiales
Dr. José Manuel Ferrer Guerra
Articulos Medicos, Sicologicos y Generales para orientacion de Padres y Madres
28/5/06
14/5/06
Violencia en adolescentes
Transmitir a los jóvenes valores de compañerismo, tolerancia y respeto es la mejor forma de prevención
Aspectos familiares, legales, académicos, psicológicos, individuales y sociales influyen en las actuaciones violentas de los más jóvenes. Las agresiones empañan las relaciones del 40% de los estudiantes y la mayor incidencia de violencia juvenil se registra en los cursos de 2º y 3º de la ESO. Estos datos revelan un grave problema en la actitud de muchos jóvenes cuya resolución precisa una actuación conjunta de padres, profesores y otros agentes sociales determinantes en su educación, como amigos, monitores y otros familiares. Es necesario concienciarse e identificar la naturaleza de los conflictos, incluso antes de que se presenten. Por ello los psicólogos recomiendan poner límites a los adolescentes desde su infancia.
Menos delitos, pero más graves
“Los adolescentes son el reflejo de la sociedad adulta”, opina el presidente de la Asociación Castellano Leonesa de Psicología y Pedagogía, José Luis Casillas. Por este motivo, ante la pregunta de si son o no más violentos que en generaciones anteriores su respuesta es otro interrogante: “¿Es la sociedad actual más violenta?”, y remite a los informativos de televisión, mientras asegura que existen estudios de sociología y antropología que manifiestan que los adolescentes de hoy no son significativamente más violentos que los de ayer. “Lo cierto es que los adolescentes se implican cada vez en menos hechos delictivos, pero éstos son más graves y se efectúan a menor edad”, declara Javier Urra, quien fuera el primer Defensor del Menor en España. Las cifras que maneja este psicólogo de la Fiscalía de Menores de Madrid apuntan que nueve de cada diez delitos son cometidos por varones, aunque cada vez “las chicas son emocionalmente más duras”.
Un estudio realizado por la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y el Instituto de la Juventud (INJUVE), bajo el título “Prevención de la violencia y lucha contra la exclusión desde la adolescencia”, denota que los chicos “presentan mayores niveles en agresividad física”, si bien estos resultados no implican necesariamente que los adolescentes y preadolescentes varones masculinos sean más agresivos que las chicas de su edad, sino que unos y otras “canalizan y/o muestran su agresividad de formas diferentes”.
En cuanto a las diferencias de clases, Urra asegura, con la perspectiva que le dan 25 años de profesión, que en este tiempo la tendencia en cuanto a la comisión de delitos es a igualarse, incluso a globalizarse. “Ya no hay diferencias entre el medio rural y el urbano, Internet llega a todas partes y quienes cometen delitos ya no son sólo los chicos procedentes de los niveles socioeconómicos más bajos”, comenta.
También hay que contemplar una nueva realidad: la de los jóvenes inmigrantes. En la actualidad el 40% de los menores privados de libertad en Madrid son extranjeros, algo que no extraña a Javier Urra “teniendo en cuenta las dificultades que tienen para manejarse”. Tal vez el reflejo en los medios de comunicación de esta problemática, que en las grandes ciudades se agrava con la lucha por territorios entre bandas rivales como los Latin Kings o Los Ñetas, sea lo que lleva a pensar que aumenta la violencia en general entre los adolescentes. De todos modos, Urra considera que la juventud es mayoritariamente solidaria, pacífica y estudiosa. “Lo que ocurre es que siempre se ha puesto la lupa sobre la adolescencia”, subraya.
Ámbito escolar
Casillas, orientador del Instituto de Enseñanza Secundaria (IES) La Bureba de Briviesca (Burgos), comulga con estas últimas afirmaciones y explica que quizá la sociedad actual sea ahora más consciente de estos temas y esté más sensibilizada. “Tenemos más oportunidades para darnos cuenta y estamos hipersensibilizados respecto al fenómeno, lo que puede ser positivo si nos ayuda a mejorar o negativo si nos crea un estado de inseguridad y miedo”, manifiesta.
En el ámbito escolar las conductas violentas más frecuentes son insultos, robos, agresiones y peleas,
aislamiento social, rotura de mobiliario e insolencia ante los profesores. “Algunas manifestaciones actuales de la violencia son muy elaboradas y mezquinas, e incluso grabadas con los teléfonos móviles”, remarca Casillas. Una nueva forma de acoso es exhibir luego esos videos o fotos en Internet.
La violencia en las aulas, según Fuensanta Cerezo, profesora del departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Murcia y autora de un libro sobre el tema, enturbia hoy las relaciones del 40% del alumnado en su región y está aumentando en los últimos años.. Porcentajes parecidos, incluso superiores, recoge el último informe del Defensor del Pueblo “Violencia escolar: el maltrato entre iguales en la Educación Secundaria Obligatoria”. Se dan, por tanto, comportamientos agresivos, intencionados y perjudiciales cuyos protagonistas son jóvenes estudiantes. Las formas más frecuentes de maltrato, atendiendo al análisis del Defensor del Pueblo, son las de tipo verbal (insultos, motes), seguidas por el abuso físico (peleas, golpes, etc.) y el aislamiento social (ignorar, rechazar, no dejar participar).
Según las investigaciones de José Mª Avilés, doctor en Psicología por la Universidad de Valladolid, una de las personas que más ha estudiado este fenómeno en España, el 30% de los escolares puede padecer ocasionalmente maltrato físico, verbal, psicológico o social, y el 40% actuar como agresores esporádicos.
Mayor riesgo “Es posible que hace unos años esta violencia pasase desapercibida o fuera considerada característica de un determinado período en las relaciones interpersonales de los niños y jóvenes”, señala el estudio del Defensor del Pueblo. Más adelante suscribe que “los docentes consideran que la mayoría de las veces se enteran de los conflictos, aunque admiten que en ocasiones pueden pasar desapercibidos".
Los problemas de violencia disminuyen a medida que avanzan los cursos y aumenta la edad de los alumnos .
El momento de mayor incidencia se sitúa entre los 11 y los 14 años de edad, y se reduce a partir de aquí, según el informe del Defensor del Pueblo. Por su parte, el informe de la UCM y el INJUVE sitúa entre esta adolescencia temprana, concretamente entre los 13 y los 15 años, la etapa de mayor riesgo de violencia. Evidencia un mayor riesgo de violencia en los cursos de 2º y 3º de la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO). El hecho de que la enseñanza sea obligatoria hasta los 16 años puede provocar actitudes violentas entre los estudiantes “más absentistas”, según Javier Urra, ya que se ven forzados a permanecer en las aulas contra su voluntad. La sociedad, en opinión de este psicólogo, debe proporcionar mecanismos alternativos que ayuden a estos chavales a una futura inserción laboral.
Buenas prácticas
Ante conflictos generalizados y casos de acoso escolar, se empiezan a extender programas de buenas prácticas tendentes a reconvertirlos o minimizarlos. Precisamente el IES La Bureba fue distinguido el año pasado por el Ministerio de Educación y Ciencia con un Premio a las Mejores Prácticas Educativas por su plan de convivencia, en el que destaca un protocolo de acogida para alumnos inmigrantes.
Según Casillas, desde la autonomía de cada centro se puede elaborar mejor este tipo de programas. “Una escuela comprensiva, basada en el trabajo cooperativo y en la que todas las partes implicadas tomen decisiones consensuadas y se sientan integradas y útiles, y en la que la autoridad se ejerza de forma positiva es la mejor de las estrategias posibles para prevenir la violencia”, afirma.
Gran parte de los docentes y de los padres coinciden al concebir la educación como un proceso integral de socialización que no es competencia exclusiva de nadie y que sobrepasa los límites académicos. Familia, profesores, compañeros y todas las personas con las que se relaciona el adolescente influyen en su educación. “O cambiamos todos o no cambia nada”, resume Javier Urra.
En este proceso, por tanto, deben converger familia y escuela con el respaldo de toda la sociedad (ayuntamientos, instituciones, medios de comunicación...). Sin embargo, los profesores son conscientes de que en muchos casos la familia no puede participar por razones estructurales o por falta de capacidad.
“Hay estudios que señalan que algunos padres apenas dedican 5 minutos diarios a hablar con sus hijos de sus cosas”, recuerda el presidente de la Asociación Castellano Leonesa de Psicología y Pedagogía.
Así, el sistema educativo y la propia familia han de intentar desempeñar conjuntamente una labor complementaria. Ambos, en ocasiones, se encuentran un poco aislados en su intento por transmitir valores de esfuerzo, compañerismo, tolerancia, y respeto. A continuación se muestra una serie de recomendaciones:
Aspectos familiares, legales, académicos, psicológicos, individuales y sociales influyen en las actuaciones violentas de los más jóvenes. Las agresiones empañan las relaciones del 40% de los estudiantes y la mayor incidencia de violencia juvenil se registra en los cursos de 2º y 3º de la ESO. Estos datos revelan un grave problema en la actitud de muchos jóvenes cuya resolución precisa una actuación conjunta de padres, profesores y otros agentes sociales determinantes en su educación, como amigos, monitores y otros familiares. Es necesario concienciarse e identificar la naturaleza de los conflictos, incluso antes de que se presenten. Por ello los psicólogos recomiendan poner límites a los adolescentes desde su infancia.
Menos delitos, pero más graves
“Los adolescentes son el reflejo de la sociedad adulta”, opina el presidente de la Asociación Castellano Leonesa de Psicología y Pedagogía, José Luis Casillas. Por este motivo, ante la pregunta de si son o no más violentos que en generaciones anteriores su respuesta es otro interrogante: “¿Es la sociedad actual más violenta?”, y remite a los informativos de televisión, mientras asegura que existen estudios de sociología y antropología que manifiestan que los adolescentes de hoy no son significativamente más violentos que los de ayer. “Lo cierto es que los adolescentes se implican cada vez en menos hechos delictivos, pero éstos son más graves y se efectúan a menor edad”, declara Javier Urra, quien fuera el primer Defensor del Menor en España. Las cifras que maneja este psicólogo de la Fiscalía de Menores de Madrid apuntan que nueve de cada diez delitos son cometidos por varones, aunque cada vez “las chicas son emocionalmente más duras”.
Un estudio realizado por la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y el Instituto de la Juventud (INJUVE), bajo el título “Prevención de la violencia y lucha contra la exclusión desde la adolescencia”, denota que los chicos “presentan mayores niveles en agresividad física”, si bien estos resultados no implican necesariamente que los adolescentes y preadolescentes varones masculinos sean más agresivos que las chicas de su edad, sino que unos y otras “canalizan y/o muestran su agresividad de formas diferentes”.
En cuanto a las diferencias de clases, Urra asegura, con la perspectiva que le dan 25 años de profesión, que en este tiempo la tendencia en cuanto a la comisión de delitos es a igualarse, incluso a globalizarse. “Ya no hay diferencias entre el medio rural y el urbano, Internet llega a todas partes y quienes cometen delitos ya no son sólo los chicos procedentes de los niveles socioeconómicos más bajos”, comenta.
También hay que contemplar una nueva realidad: la de los jóvenes inmigrantes. En la actualidad el 40% de los menores privados de libertad en Madrid son extranjeros, algo que no extraña a Javier Urra “teniendo en cuenta las dificultades que tienen para manejarse”. Tal vez el reflejo en los medios de comunicación de esta problemática, que en las grandes ciudades se agrava con la lucha por territorios entre bandas rivales como los Latin Kings o Los Ñetas, sea lo que lleva a pensar que aumenta la violencia en general entre los adolescentes. De todos modos, Urra considera que la juventud es mayoritariamente solidaria, pacífica y estudiosa. “Lo que ocurre es que siempre se ha puesto la lupa sobre la adolescencia”, subraya.
Ámbito escolar
Casillas, orientador del Instituto de Enseñanza Secundaria (IES) La Bureba de Briviesca (Burgos), comulga con estas últimas afirmaciones y explica que quizá la sociedad actual sea ahora más consciente de estos temas y esté más sensibilizada. “Tenemos más oportunidades para darnos cuenta y estamos hipersensibilizados respecto al fenómeno, lo que puede ser positivo si nos ayuda a mejorar o negativo si nos crea un estado de inseguridad y miedo”, manifiesta.
En el ámbito escolar las conductas violentas más frecuentes son insultos, robos, agresiones y peleas,
aislamiento social, rotura de mobiliario e insolencia ante los profesores. “Algunas manifestaciones actuales de la violencia son muy elaboradas y mezquinas, e incluso grabadas con los teléfonos móviles”, remarca Casillas. Una nueva forma de acoso es exhibir luego esos videos o fotos en Internet.
La violencia en las aulas, según Fuensanta Cerezo, profesora del departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Murcia y autora de un libro sobre el tema, enturbia hoy las relaciones del 40% del alumnado en su región y está aumentando en los últimos años.. Porcentajes parecidos, incluso superiores, recoge el último informe del Defensor del Pueblo “Violencia escolar: el maltrato entre iguales en la Educación Secundaria Obligatoria”. Se dan, por tanto, comportamientos agresivos, intencionados y perjudiciales cuyos protagonistas son jóvenes estudiantes. Las formas más frecuentes de maltrato, atendiendo al análisis del Defensor del Pueblo, son las de tipo verbal (insultos, motes), seguidas por el abuso físico (peleas, golpes, etc.) y el aislamiento social (ignorar, rechazar, no dejar participar).
Según las investigaciones de José Mª Avilés, doctor en Psicología por la Universidad de Valladolid, una de las personas que más ha estudiado este fenómeno en España, el 30% de los escolares puede padecer ocasionalmente maltrato físico, verbal, psicológico o social, y el 40% actuar como agresores esporádicos.
Mayor riesgo “Es posible que hace unos años esta violencia pasase desapercibida o fuera considerada característica de un determinado período en las relaciones interpersonales de los niños y jóvenes”, señala el estudio del Defensor del Pueblo. Más adelante suscribe que “los docentes consideran que la mayoría de las veces se enteran de los conflictos, aunque admiten que en ocasiones pueden pasar desapercibidos".
Los problemas de violencia disminuyen a medida que avanzan los cursos y aumenta la edad de los alumnos .
El momento de mayor incidencia se sitúa entre los 11 y los 14 años de edad, y se reduce a partir de aquí, según el informe del Defensor del Pueblo. Por su parte, el informe de la UCM y el INJUVE sitúa entre esta adolescencia temprana, concretamente entre los 13 y los 15 años, la etapa de mayor riesgo de violencia. Evidencia un mayor riesgo de violencia en los cursos de 2º y 3º de la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO). El hecho de que la enseñanza sea obligatoria hasta los 16 años puede provocar actitudes violentas entre los estudiantes “más absentistas”, según Javier Urra, ya que se ven forzados a permanecer en las aulas contra su voluntad. La sociedad, en opinión de este psicólogo, debe proporcionar mecanismos alternativos que ayuden a estos chavales a una futura inserción laboral.
Buenas prácticas
Ante conflictos generalizados y casos de acoso escolar, se empiezan a extender programas de buenas prácticas tendentes a reconvertirlos o minimizarlos. Precisamente el IES La Bureba fue distinguido el año pasado por el Ministerio de Educación y Ciencia con un Premio a las Mejores Prácticas Educativas por su plan de convivencia, en el que destaca un protocolo de acogida para alumnos inmigrantes.
Según Casillas, desde la autonomía de cada centro se puede elaborar mejor este tipo de programas. “Una escuela comprensiva, basada en el trabajo cooperativo y en la que todas las partes implicadas tomen decisiones consensuadas y se sientan integradas y útiles, y en la que la autoridad se ejerza de forma positiva es la mejor de las estrategias posibles para prevenir la violencia”, afirma.
Gran parte de los docentes y de los padres coinciden al concebir la educación como un proceso integral de socialización que no es competencia exclusiva de nadie y que sobrepasa los límites académicos. Familia, profesores, compañeros y todas las personas con las que se relaciona el adolescente influyen en su educación. “O cambiamos todos o no cambia nada”, resume Javier Urra.
En este proceso, por tanto, deben converger familia y escuela con el respaldo de toda la sociedad (ayuntamientos, instituciones, medios de comunicación...). Sin embargo, los profesores son conscientes de que en muchos casos la familia no puede participar por razones estructurales o por falta de capacidad.
“Hay estudios que señalan que algunos padres apenas dedican 5 minutos diarios a hablar con sus hijos de sus cosas”, recuerda el presidente de la Asociación Castellano Leonesa de Psicología y Pedagogía.
Así, el sistema educativo y la propia familia han de intentar desempeñar conjuntamente una labor complementaria. Ambos, en ocasiones, se encuentran un poco aislados en su intento por transmitir valores de esfuerzo, compañerismo, tolerancia, y respeto. A continuación se muestra una serie de recomendaciones:
- Como prevención se aboga por una participación mayor de las familias, mediante el diálogo con los profesores, en la toma de decisiones de los centros educativos, para que se lleguen a convertir en “comunidades de aprendizaje” desde donde se potencie y dinamice la educación en los valores democráticos y de convivencia, pero no como una asignatura, sino como parte de la instrucción básica de cada curso.
- Los estudiosos de la violencia en la adolescencia encuentran carencias en el ámbito familiar que tienen que ver con la falta de afectividad y la excesiva permisividad. Como consejos generales para los padres, tanto de víctimas como de agresores, se apunta una revisión de las pautas familiares de autoridad que rechace la violencia (se descarta la utilización del castigo físico) y aumente el acceso a la comunicación: “los padres tienen que aprender a decir que ‘no’ a los hijos de forma razonada”. La postura ha de estar claramente definida respecto a dónde se sitúan los límites.
- Reforzar sus actitudes hacia la diversidad. Conviene desarrollar las relaciones desde el propio hogar en un contexto de respeto mutuo y confianza hacia los demás, independientemente de su forma de ser o de pensar..
- La sanción ha de formar parte de la educación. “Los jóvenes tienen sensación de impunidad. Creen que nada de lo que hagan va a suponerles un castigo”, dice Javier Urra, y la sociedad no puede permitirse que, por ejemplo, los profesores acaben necesitando un teléfono de atención psicológica. A su juicio, la política penal es correcta y está bien recogida en la legislación, “lo que pasa es que en el proceso de aplicación por distintos motivos muchas veces se suaviza”.
Saludos Cordiales
Dr. José Manuel Ferrer Guerra
12/5/06
Sencilla respuesta para la prevención de las muertes neonatales en el tercer mundo
Más de cuatro millones de recién nacidos mueren cada año en los países subdesarrollados, y las infecciones constituyen la causa del 36% de estas muertes, entre ellas, la infección del cordón umbilical es una de las causas fácilmente prevenibles que en los países subdesarrollados ocasiona miles de muertes.
La contaminación del cordón umbilical conduce al desarrollo de la denominada onfalitis, caracterizada por la presencia de pus e irritación periumbilical ocasionada por gérmenes que penetran a través del cordón y alcanzan directamente el sistema circulatorio del recién nacido.
La correcta higiene del cordón y los cuidados básicos rutinarios postnatales previenen el desarrollo de onfalitis. Sin embargo, algo tan sencillo como esta práctica, parece inviable en los países subdesarrollados. En estos países, la mayoría de los niños nacen en el domicilio, hecho que aumenta el riesgo de sufrir onfalitis hasta 5'9 veces cuando se compara con las infecciones umbilicales de los niños que nacen en un centro hospitalario.
En los países desarrollados, la aplicación de un antiséptico, por ejemplo, clorhexidina, en el cordón umbilical consigue disminuir la colonización bacteriana. La Organización Mundial de la Salud (OMS) potencia el denominado “cordón seco” para los países que no tienen acceso a los antisépticos convencionales, aunque no existe evidencia científica de que esta medida consiga disminuir la incidencia de infecciones del cordón umbilical.
Los estudios realizados con los distintos tipos de antisépticos han demostrado la superioridad de la clorhexidina frente a otros antisépticos como la povidona yodada. Según los trabajos realizados al respecto, la clorhexidina disminuye la colonización del cordón umbilical y también se asocia a la reducción de las infecciones superficiales de la piel.. Así lo demuestra, por ejemplo, un trabajo publicado en la revista The Lancet, realizado en la población de Nepal que incluye a más de 15.000 recién nacidos que son sometidos aleatoriamente a distintas medidas de higiene del cordón umbilical: un grupo recibe la aplicación tópica de clorhexidina, otra sólo es cuidado con agua y jabón, y otro grupo no recibe ninguna aplicación tópica.
Los resultados confirman los datos previamente conocidos: la aplicación tópica de clorhexidina en el cordón umbilical consigue disminuir notablemente el riesgo de onfalitis. La política sanitaria de los países subdesarrollados, en colaboración con los países desarrollados, deben promover las intervenciones para reducir la exposición del niño a la colonización de bacterias y la infección del cordón umbilical.
Saludos Afectuosos
Dr. José Manuel Ferrer Guerra
La contaminación del cordón umbilical conduce al desarrollo de la denominada onfalitis, caracterizada por la presencia de pus e irritación periumbilical ocasionada por gérmenes que penetran a través del cordón y alcanzan directamente el sistema circulatorio del recién nacido.
La correcta higiene del cordón y los cuidados básicos rutinarios postnatales previenen el desarrollo de onfalitis. Sin embargo, algo tan sencillo como esta práctica, parece inviable en los países subdesarrollados. En estos países, la mayoría de los niños nacen en el domicilio, hecho que aumenta el riesgo de sufrir onfalitis hasta 5'9 veces cuando se compara con las infecciones umbilicales de los niños que nacen en un centro hospitalario.
En los países desarrollados, la aplicación de un antiséptico, por ejemplo, clorhexidina, en el cordón umbilical consigue disminuir la colonización bacteriana. La Organización Mundial de la Salud (OMS) potencia el denominado “cordón seco” para los países que no tienen acceso a los antisépticos convencionales, aunque no existe evidencia científica de que esta medida consiga disminuir la incidencia de infecciones del cordón umbilical.
Los estudios realizados con los distintos tipos de antisépticos han demostrado la superioridad de la clorhexidina frente a otros antisépticos como la povidona yodada. Según los trabajos realizados al respecto, la clorhexidina disminuye la colonización del cordón umbilical y también se asocia a la reducción de las infecciones superficiales de la piel.. Así lo demuestra, por ejemplo, un trabajo publicado en la revista The Lancet, realizado en la población de Nepal que incluye a más de 15.000 recién nacidos que son sometidos aleatoriamente a distintas medidas de higiene del cordón umbilical: un grupo recibe la aplicación tópica de clorhexidina, otra sólo es cuidado con agua y jabón, y otro grupo no recibe ninguna aplicación tópica.
Los resultados confirman los datos previamente conocidos: la aplicación tópica de clorhexidina en el cordón umbilical consigue disminuir notablemente el riesgo de onfalitis. La política sanitaria de los países subdesarrollados, en colaboración con los países desarrollados, deben promover las intervenciones para reducir la exposición del niño a la colonización de bacterias y la infección del cordón umbilical.
Saludos Afectuosos
Dr. José Manuel Ferrer Guerra
7/5/06
Poner límites a niños y adolescentes
Una de las grandes dudas de padres y madres en la educación y socialización de sus hijos e hijas es referente a los límites que deben imponerles en sus actitudes y comportamientos. ¿Cuándo hay que recriminar, advertir o castigar a un niño? ¿En qué momento el ejercicio de la autoridad pasa de lo necesario a lo abusivo? ¿Cómo podemos guiar a nuestros hijos sin generar tensiones innecesarias? Las preguntas se amontonan y no siempre se encuentran respuestas. Un primer paso para afrontar estas dificultades consiste en tomar conciencia de que no es beneficioso, para pequeños ni para adultos, proteger y excusar por sistema la actitud de los hijos e hijas.
Las consecuencias de la permisividad total y la sobreprotección pueden ser muy negativas. He aquí dos ejemplos reales y cada vez más habituales. En el primer caso, un niño de unos ocho años se acerca a una mochila en un centro comercial y le arranca un elemento decorativo. El dependiente le llama la atención y le pide que se lo devuelva. El niño acude a su padre diciendo que el empleado le ha maltratado. Acto seguido, el padre se encara con el dependiente y le desautoriza de malos modos, en público y delante de su hijo. ¿Qué aprende este niño? Que su padre le defenderá aunque se comporte mal. Es decir, que portarse mal no está mal.
En el segundo, un padre es juzgado por abofetear a un profesor. La razón: el docente había amonestado a su hija porque no quería entrar en clase tras el recreo. El padre no acude al juicio. El profesor no pide sanción: sólo quería que el progenitor le pidiera disculpas delante de su hija, para que ésta supiera la diferencia entre un comportamiento correcto y otro incorrecto. Pero no hay disculpas y el profesor ha cambiado de colegio. La niña sigue en el centro.
Del autoritarismo a la libertad
Estos son sólo dos muestras de un fenómeno social creciente y preocupante que no tiene una sola explicación. Muchos investigadores aseguran que la experiencia familiar de los actuales progenitores ha influido de forma notable. Hace veinte años, adultos formados con una educación familiar estricta se estrenaron en la tarea de ser padre o madre, convencidos de que había que superar el autoritarismo que habían sufrido. Eso empujó a muchos de ellos a dejar hacer, a no llevar la contraria al hijo o hija para que no sufriera traumas psicológicos, a no usar los castigos como método de aprendizaje, a satisfacer caprichos, a proteger a los hijos e incluso desprestigiar en algunos casos a otros educadores, principalmente maestros.
La tolerancia a la frustración y el autocontrol
En la educación de un hijo no se pueden evadir las normas ni la jerarquía. Un niño aprende que cuando su madre o su padre dicen que no, esa decisión es inamovible. La frustración que le generará es inevitable, pero debe aprender a tolerarla y convivir con ella porque las normas son precisamente las que le dan seguridad y le enseñan a confiar en un criterio sólido.
Ante una pataleta o un enfado, se le puede ignorar hasta que recobre la calma, pero no celebrar que se ha tranquilizado ni negar el conflicto. Tras perder el autocontrol y recuperar la tranquilidad, el niño aguarda expectante. La indiferencia le dolerá más que un castigo ponderado, por lo que conviene hacerle ver lo estéril de su comportamiento con un ejercicio de la autoridad que le permita aprender algo de la experiencia.
Poner límites a las conductas, no a los sentimientos
Los niños necesitan ser guiados por los adultos y para ello es fundamental establecer reglas con las que fortalecer conductas y lograr su crecimiento personal. Los límites se deben orientar al comportamiento del niño, no a la expresión de sus sentimientos. Se le puede exigir que no haga algo, pero no se le puede pedir, por ejemplo, que no sienta rabia o que no llore. Los márgenes deben fijarse sin humillar al niño para que no se sienta herido en su autoestima. Por eso, no se debe descalificar (“eres un tonto”, “eres malo”...), sino marcar el problema (“eso que haces o eso que dices está mal”). Conviene dar razones, pero no excederse en la explicación. Los sermones no sirven de mucho. Los niños responden a los hechos, no a las palabras. Un gesto de firmeza y serenidad, acompañado de pocas palabras será más efectivo que un discurso.
¿Por qué nos cuesta poner límites a nuestros hijos e hijas?
Las consecuencias de la permisividad total y la sobreprotección pueden ser muy negativas. He aquí dos ejemplos reales y cada vez más habituales. En el primer caso, un niño de unos ocho años se acerca a una mochila en un centro comercial y le arranca un elemento decorativo. El dependiente le llama la atención y le pide que se lo devuelva. El niño acude a su padre diciendo que el empleado le ha maltratado. Acto seguido, el padre se encara con el dependiente y le desautoriza de malos modos, en público y delante de su hijo. ¿Qué aprende este niño? Que su padre le defenderá aunque se comporte mal. Es decir, que portarse mal no está mal.
En el segundo, un padre es juzgado por abofetear a un profesor. La razón: el docente había amonestado a su hija porque no quería entrar en clase tras el recreo. El padre no acude al juicio. El profesor no pide sanción: sólo quería que el progenitor le pidiera disculpas delante de su hija, para que ésta supiera la diferencia entre un comportamiento correcto y otro incorrecto. Pero no hay disculpas y el profesor ha cambiado de colegio. La niña sigue en el centro.
Del autoritarismo a la libertad
Estos son sólo dos muestras de un fenómeno social creciente y preocupante que no tiene una sola explicación. Muchos investigadores aseguran que la experiencia familiar de los actuales progenitores ha influido de forma notable. Hace veinte años, adultos formados con una educación familiar estricta se estrenaron en la tarea de ser padre o madre, convencidos de que había que superar el autoritarismo que habían sufrido. Eso empujó a muchos de ellos a dejar hacer, a no llevar la contraria al hijo o hija para que no sufriera traumas psicológicos, a no usar los castigos como método de aprendizaje, a satisfacer caprichos, a proteger a los hijos e incluso desprestigiar en algunos casos a otros educadores, principalmente maestros.
La tolerancia a la frustración y el autocontrol
En la educación de un hijo no se pueden evadir las normas ni la jerarquía. Un niño aprende que cuando su madre o su padre dicen que no, esa decisión es inamovible. La frustración que le generará es inevitable, pero debe aprender a tolerarla y convivir con ella porque las normas son precisamente las que le dan seguridad y le enseñan a confiar en un criterio sólido.
Ante una pataleta o un enfado, se le puede ignorar hasta que recobre la calma, pero no celebrar que se ha tranquilizado ni negar el conflicto. Tras perder el autocontrol y recuperar la tranquilidad, el niño aguarda expectante. La indiferencia le dolerá más que un castigo ponderado, por lo que conviene hacerle ver lo estéril de su comportamiento con un ejercicio de la autoridad que le permita aprender algo de la experiencia.
Poner límites a las conductas, no a los sentimientos
Los niños necesitan ser guiados por los adultos y para ello es fundamental establecer reglas con las que fortalecer conductas y lograr su crecimiento personal. Los límites se deben orientar al comportamiento del niño, no a la expresión de sus sentimientos. Se le puede exigir que no haga algo, pero no se le puede pedir, por ejemplo, que no sienta rabia o que no llore. Los márgenes deben fijarse sin humillar al niño para que no se sienta herido en su autoestima. Por eso, no se debe descalificar (“eres un tonto”, “eres malo”...), sino marcar el problema (“eso que haces o eso que dices está mal”). Conviene dar razones, pero no excederse en la explicación. Los sermones no sirven de mucho. Los niños responden a los hechos, no a las palabras. Un gesto de firmeza y serenidad, acompañado de pocas palabras será más efectivo que un discurso.
¿Por qué nos cuesta poner límites a nuestros hijos e hijas?
- Porque no nos sentimos suficientemente fuertes para enfrentarnos a nuestros hijos.
- Porque demasiado a menudo somos complacientes con nuestros hijos e hijas para compensar el poco tiempo que les podemos dedicar.
- Porque cuando nuestra autoestima no pasa por su mejor momento queremos ser aceptados por nuestros hijos.
- Porque los adultos, el padre y la madre, nos desautorizan mutuamente y seguimos líneas de actuación claramente contradictorias.
Pautas para padres y madres
- Deben dedicar tiempo a los hijos. Muchas conductas de los hijos no se controlan simplemente porque su padre y su madre no están disponibles para atenderles.
- El niño tiene que aprender que rebasar los límites puede traer consecuencias negativas para él. En cualquier caso, esas consecuencias deben ser proporcionadas y, a poder ser, inmediatas para que el niño lo entienda perfectamente.
- En lo posible, las reglas y los castigos deben ser pactados entre los padres y los hijos.
La disciplina sólo la pueden ejercer adecuadamente los progenitores que sean capaces de combinar el cariño y el control. - Conviene recordar que lo que más influye en nuestros hijos no es lo que les decimos o lo que les hacemos, sino cómo “somos”. Por eso, la educación representa no sólo revisar nuestras conductas con ellos, sino nuestra forma de ser como personas.
- Se precisa un buen clima familiar.
- Es normal que los niños prueben tanteando a sus padres para comprobar hasta dónde pueden llegar. Es en ese momento cuando más firmes deben mostrarse los padres. Si ceden, luego será muy difícil dar marcha atrás.
- Todo ello incluye la necesidad de que los padres sean razonablemente flexibles, según las circunstancias y la edad.
- Los efectos de no poner límites moldean a un niño que nunca tiene suficiente, que exige cada vez más y que tolera cada vez peor las negativas, un niño que crece con una escasa o nula tolerancia a la frustración.
Saludos Cordiales
Dr. José Manuel Ferrer Guerra
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